Las Mujeres Tibetanas

marzo 25, 2021
En esta época que celebramos con mas intensidad a la mujer, resulta relevante hacer una mención a aquellas que por razones de lejanía geográfica y hasta ideológica se han mantenido en secrecía y con las que Namuh ha convivido en diversas ocasiones.

Las tibetanas han destacado durante siglos por el lugar predominante y decisivo que ocupan en su sociedad, diametralmente opuesto al rol secundario, supeditado a los designios del hombre, en el que se han situado históricamente muchas mujeres asiáticas, americanas y europeas.

En Tibet, la gente saca la lengua en señal de tímida amistad, cuando un extraño se acerca. Así, desde nuestros primeros encuentros en los años ochenta en esta región del mundo que el tiempo olvidó, nos deslumbró el śólido carácter de esas mujeres, de dientes blancos y piel negra, durísimas comerciantes, que se aventuraban solas por la estepa helada, entre fauna salvaje, terrenos y clima extremadamente difíciles y bandidos feroces, para sacar adelante a su familia a pesar de la escasez de recursos y del aislamiento en el que se encuentran aún hoy en día.

 

La gran meseta tibetana, de casi dos millones de km2, conocida como “el techo del mundo” por su altitud de más de 4 mil metros estuvo bajo el mar por milenios, de allí su particular condimento en la vestimenta femenina de conceptos marinos incrustados de coral rojo y turquesas

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La mujer en Tibet, ancestralmente conocido como Shangri-la, es especialmente partícipe de las festividades locales, como por ejemplo la muy particular “festividad del baño” pues aunque la región es el origen de los seis ríos más importantes y caudalosos de Asía, el clima extremo hace que la gente no tenga la costumbre de bañarse excepto en tres ocasiones durante su vida: al nacer, al casarse y al morir. Tradicionalmente se cree que la gente solo debe bañarse en ocasiones realmente especiales.

La valentía y el carácter de estas mujeres en muchas ocasiones las condice a la poliandria, es decir, a tener varios maridos simultáneamente.

Las mujeres casadas portan un delantal a rayas y llevan el pelo partido al medio trenzado en forma de cuerda unido por detrás y por debajo; cuanto más pequeñas son ellas, más hermosas se las considera. Las mujeres solteras usan otra trenza en la parte posterior de la cabeza. Curiosamente, adornan sus trenzas con símbolos de ese mar tan alejado del “Techo del Mundo” pero que un día albergó perlas, turquesas o corales, llamadas dum-che, que se fijan al cabello con un broche de plata que portan todos los días de su vida.

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  1. W. Rockhill, en su edición de 1890 de Tíbet, afirma: “Las mujeres tibetanas son robustas y los hombres, débiles” , quizá producto de la rarefacción del aire en esa tremenda altitud. A menudo la tierra esculpe a su gente y por ello son las mujeres quienes se encargan de los deberes feudales. Llevan enormes fardos a cuestas a más de cuatro mil metros de altura soportando un frío inclemente y una tierra tan árida que difícilmente produce vida animal o vegetal. En su entorno todo huele a mantequilla de yak. Las velas y la comida que ellas fabrican están confeccionadas a base de grasa de ese buey de las alturas, pariente del bisonte, condenado por la naturaleza a no poder descender de los tres mil metros so pena de asfixia y muerte.

 

Como se señaló, a consecuencia de esta superioridad física de las tibetanas, a veces tres o cuatro hermanos se casan con una misma mujer y si nacen niños, eligen a los que quieren como propios. La mujer que es capaz de vivir con tres o cuatro hermanos es llamada 'beldad' porque sabe cómo manejar toda una familia.

Sin embargo, a pesar del reconocimiento de la fortaleza de la mujer en el Tibet, ni el lamaísmo, ni el budismo y ni siquiera el chamanismo local, llamado Bon, practicado ancestralmente en esa zona ha permitido a la mujer una posición de liderazgo, al igual que en ninguna otra religión del mundo. El propio Dalai Lama ha señalado la dificultad de que su reencarnación se pueda dar en un ente femenino.